¿Cómo resistirse a disfrutar de uno de los testimonios artísticos más antiguo de la humanidad, a una experiencia casi directa de las primeras pinturas hechas por los hombres hace más de 30.000 años, en la cuevas de Chauvet, en Francia? Si el asombro es el sentimiento y la virtud dominante de nuestra especie, ver este film de Herzog es casi un imperativo genético, no sólo estético y filosófico.
Lo que sucede en La caverna de los sueños olvidados es accesible a cualquier espectador, pues un viaje al inicio mismo de los relatos y los sueños no le es indiferente a ninguno de nosotros, animales narrativos por excelencia.
Sucede que la obsesión de Herzog ha sido siempre la misma: registrar lo que todavía no ha sido capturado por una cámara, es decir, lo real sin imágenes, lo prístino de la existencia y el mundo de la materia. Herzog, consciente de su privilegio de ser el primer y último cineasta capaz de filmar los vestigios del pasado, prestará sus ojos para que nosotros podamos presenciar los sueños de nuestros antepasados. Estamos en la cueva, somos testigos, y hasta podemos escuchar el latido de nuestro corazón frente al primer impulso narrativo y cinematográfico de nuestra especie.
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