Es conocido el hecho que muchas sociedades y culturas a lo largo de la historia han desarrollado prácticas de observación del cielo con el objetivo de orientarse espacialmente y dar cuenta de las dimensiones de un territorio. Este es el caso de los tradicionales navegantes indígenas del Pacífico, los cuales, sin recurrir a ideas propias de la astronomía académica como latitud, longitud o a instrumentos desarrollados desde el conocimiento científica, han logrado establecer un complejo sistema de relaciones con el cielo que les ha permitido navegar a través de las islas y archipiélagos que integran la amplia región de la Polinesia y Micronesia (ver figura inferior).

Buena parte del modo de vida polinesio tradicionalmente ha tenido que ver con la navegación entre islas. De hecho, hubo una expansión polinesia a través de los mares, pues étnicamente los orígenes de los habitantes de esta vasta región están en el sudeste asiático, para luego irse expandiendo por los distintos archipiélagos del Pacífico. En este sentido, al menos está probada la llegada de polinesios hasta la Isla de Pascua, y hay evidencia compleja de intercambios entre Polinesia y América del Sur. Dicho de otro modo, aunque lo más probable es que hayan existido intercambios entre Polinesia y América del Sur, la evidencia cultural es un tanto compleja y aun no da cuenta del orden en que posiblemente se fueron dando tales movimientos.

De todos modos, la articulación entre la navegación y la observación estelar no sólo tuvo que ver con la expansión territorial o con descubrimientos de nuevas tierras por parte de estos grupos humanos, sino principalmente con la circulación regular entre las islas, con la posibilidad de volver a islas ya visitadas y de establecer contactos entre islas. O sea, más allá de la expansión territorial y el descubrimiento de nuevas islas, lo que a los polinesios les permitió la observación del cielo fue ante todo la posibilidad de generar una red de intercambios que fuera viable de prolongar en el tiempo, para que uno pudiera volver a determinadas islas que ya habían sido visitadas. Para eso servían la observación conjunta de una serie de signos celestes, comportamiento de animales, comportamiento del agua (la apariencia y estructura de las olas, la apariencia y el color del mar), y todo un conjunto de señales que incluían fenómenos estelares y atmosféricos, pequeños dispositivos tecnológicos con fines nemónicos asociados a posiciones y movimientos aparentes de estrellas, entre otros recursos culturales.

Estos desplazamientos se realizaban en una importante diversidad de embarcaciones que iban de simples canoas a complejos constituido por sistemas de conjuntos de canoas y estabilizadores.

Existía una amplia variedad de estas pequeñas embarcaciones (especialmente en Polinesia) que estaban adaptadas a técnicas de pesca particulares, transporte por lagunas y, en resumen, a todos los propósitos, excepto a los largos viajes que eran proyectados deliberadamente.

Los barcos de larga distancia de los que estamos hablando, ya sean micronesios o polinesios, no fueron realizados mediante el cavado en troncos de árboles. Se trataba esencialmente de embarcaciones de tablones, con anchas tracas unidas entre sí y a las costillas y la quilla mediante costuras o amarres con fibra de coco (en su forma de bonote o de sennit). La quilla generalmente estaba hecha de troncos sólidos y estaba compuesta por varias secciones unidas entre sí. El ancho de las tracas o tablones, su número y su longitud variaba con el diseño particular. Una sección transversal en forma de V era la norma en todos los tipos de construcción de tablones, excepto en Fiyi, se adoptaron numerosas características culturales micronesias.

Por ejemplo, la denominada Pahi era la embarcación considerada en alta mar en los archipiélagos de Tahití y Tuamotu. Era un velero de dos mástiles y dos cascos, de unos 15 a 22 metros de largo. El calafateo entre los tablones se realizaba con fibra de coco fina, utilizándose como brea una savia de características adhesivas (ver figura inferior).

Esquema de una tradicional embarcación tahitiana conocida en lengua nativa como pahi, utilizada para viajes extensos. Crédito: Lewis, David H. (1972, p. 256).

Ahora sí, acercándonos a aquellos recursos estelares o celestes de los que disponían los navegantes indígenas del Pacífico, podemos comenzar diciendo que no hay una palabra específica para “astrónomo” entre los nativos polinesios; pero si quisiéramos encontrar un experto en cuestiones tradicionales celestes en la región, deberíamos pedir hablar con un navegante o tiaborauo (según la lengua hablada en las islas Gilberts). Específicamente, para abordar gran parte de los esquemas que atraviesan las concepciones y relaciones tradicionales polinesias con el cielo, debemos hablar de sus sistemas tradicionales de navegación. Tal relación no es de extrañar considerando que el hábitat polinesio y micronesio, si excluimos a Nueva Zelanda, es del orden de dos partes de tierra por cada mil de agua.

Siguiendo la cosmología tradicional polinesia, el cielo está habitualmente estructurado en cúpulas celestes, únicas o múltiples y, a menudo, sólidas, centradas en la isla o grupo de origen. Otros grupos tienen sus propias cúpulas celestes con aberturas alrededor del horizonte que permiten la comunicación entre estas capas del cielo y con el plano terrenal. La imagen inferior muestra un esquema de la estructura tradicional del cielo polinesio de los habitantes de las islas Tuamotu.

Esquema realizado por interlocutores polinesios que ilustra la estructura del espacio celeste (más precisamente en términos nativos, tuamotuano), y a la vez las relaciones tradicionales que los diferentes niveles del cielo presentan con distintos rasgos del plano terrestre. De este modo podemos ver cómo los niveles superiores Tiaruca a tama y Tumu po, están vinculados al plano de la vida de animales marinos y flora de las islas. Créditos: D. Lewis (1974, p. 135).

 

En Tahití, por ejemplo, los conceptos celestes detrás de estas estrategias tradicionales implementadas para navegar, eran conocidos sólo por unos pocos nativos, por lo que podríamos hablar de un conocimiento que principalmente circulaba entre expertos. La mayoría de ellos eran de alto rango, como el caso de Tupaia, un gran jefe y sacerdote navegante de Raiatea, cerca de Tahití. Según la historiografía, Tupaia fue el informante geográfico más conocedor cercano al capitán Cook en sus exploraciones por esta parte del Pacifico. Así también, los secretos de la “astronomía” en las islas de Tonga estaban en manos de una jerarquía de familias de navegantes de diferente rango, pero mayormente de los principales. 

Estos navegantes-expertos del cielo estaban familiarizados con categorías y fenómenos que desde la astronomía podríamos reconocer como solsticios y los equinoccios; algo parecido al concepto de cenit (que, como veremos, tenía un significado especial para la navegación); distinguían entre estrellas y planetas; y conocían las direcciones precisas de todas aquellas estrellas brillantes útiles para la navegación junto con las fechas aproximadas de su primera aparición o aparición heliaca en el cielo nocturno.

Este sistema tradicional de navegación fue popularizado en el mundo académico occidental a través de los primeros trabajos etnográficos en la región; y en la actualidad, muchos de estos saberes siguen vigentes, aunque en diálogo o atravesadas por un conocimiento técnico de navegación.

Veremos en esta nota algunos ejemplos de estas estrategias tradicionales implementadas para navegar, en las que intervienen diferentes esquemas celestes o rasgos del cielo de relevancia cultural entre los polinesios.

Nativos polinesios con sus tradicionales canoas. Crédito: Wikimedia commons, circa. 1900.

Islas y estrellas observadas en su cenit

Estudios etnográficos llevados a cabo entre grupos humanos de esa región del Pacífico, han evidenciado que algunas islas eran tradicionalmente asociadas con ciertas estrellas brillantes, llamadas fanakenga, las cuales desde esos lugares eran observadas en determinado momento de la noche aproximadamente en el cénit, la vertical del sitio proyectada en el cielo. Esta característica actualmente sería utilizada por un astrónomo contemporáneo para determinar la latitud de la correspondiente isla; ya que, si trazamos una proyección celeste del paralelo que pasa por la isla desde la que observamos esa estrella en el cenit, registraríamos que por ese paralelo se movería la estrella en cuestión.

En fin, este complejo recurso astronómico permitía a los navegantes polinesios dirigirse hacia el sur o hacia el norte hasta alcanzar la isla de destino o, dicho de otro modo, alcanzar el paralelo de la isla y luego moverse hacia el este u oeste hasta llegar a la isla en cuestión.

Estrellas y asterismos cenitales correspondientes a islas de Polinesia y Micronesia. Crédito: Lewis D. (1972) We, the Navigators. p. 234.

Recostarse en los botes con la vista hacia arriba, en dirección paralela al mástil pudo haber sido un método para observar las estrellas cenitales; aunque posiblemente, otra forma podría haber sido usar una calabaza o un bastón vertical lleno de agua. Este último método, tiene algunos paralelos con el uso de una caña de bambú llena de agua que llevaba a cabo una tribu Dayak, en Borneo, la cual era usada como un instrumento calendárico para determinar el momento de iniciar con determinadas plantaciones. La caña, con una marca inscrita a cierta distancia de su extremo abierto, era inclinada hasta que apuntara hacia una determinada estrella no registrada a una determinada hora no registrada de la noche, lo que hacía que saliera parte del agua dentro de la caña. Luego se la posicionaba verticalmente y el nivel del agua restante se comparaba con la marca que correspondía o estaba asociada a una estrella de posiciones tradicionalmente conocidas.

Las Zonas de estrellas

Entre los nativos de las islas Gilbert el cielo es conocido como uma ni borau, algo así como “el techo del viaje”, pero además, se sabe que los gilbertenses dividían el cielo en zonas latitudinales por analogía con las vigas y correas de los techos de sus espacios de reunión, una sugerente clasificación que tradicionalmente tiene connotaciones relacionadas a la navegación.  

Asimismo, en las islas Carolina, los cielos tradicionalmente se dividen de manera similar en bandas latitudinales o jaan (caminos). Los tonganos también dividen los cielos en zonas latitudinales norte, centro y sur para cada fanakenga o estrella cenital correspondiente a alguna isla o archipiélago determinado. Estas divisiones estaban asociadas con ciertas características de zonas latitudinales en mar, siendo la zona más al norte las más cálidas y al sur las más frías. 

“Mi padre dijo que cualquier verdadero marinero sabía cuándo había cruzado cualquiera de estos fanakenga debido a la temperatura”, le dijo el anciano polinesio Sione Fe’iloakitao Kaho, de 88 años, a David Henry Lewis, investigador británico quien en la década de 1960 recopiló algunos de estos sistemas tradicionales de navegación implementados en el pacifico. De hecho, el clan de aquel anciano polinesio debía su prominencia a la célebre hazaña de su bisabuelo, quien logró reorientar una flotilla real británica perdida poniendo su mano en el agua y anunciando que Fiyi estaba justo debajo del horizonte e indicando su dirección.

Una brújula estelar

Entre los navegantes polinesios, la dirección en instancias diurnas era estimada a través de la observación de la posición del sol en el cielo. Pero…en la noche, ¿cómo se determinaba tradicionalmente las direcciones de navegación? 

Como las islas Carolinas se ubican cerca del ecuador, todos los astros son observados describiendo caminos en el cielo que resultan perpendiculares al horizonte, por lo que, habiendo reconocido este rasgo de la dinámica del cielo, luego es posible reconstruir fácilmente sus recorridos aparentes y los puntos en el horizonte por donde salen y se ponen.  Esto ha permitido a los isleños desarrollar un sistema fijo de orientación, el cual permite satisfactoriamente determinar direcciones durante las horas de la noche. Este sistema tradicional se corresponde de alguna manera con una brújula, y, por lo tanto, es denominado en esta región del Pacifico como brújula estelar o brújula sideral.

La dirección Este-Oeste de esta brújula, está determinada por una línea imaginaria que une los puntos de salida y puesta sobre el horizonte de la estrella Altair observada desde la región de todo el archipiélago de la isla Carolina. A la vez, Altair, pasa aproximadamente por el cenit de esta zona de la polinesia, por lo que es la base de este sistema de navegación, y así, cuando es observada sobre el horizonte, permite determinar al navegante el eje espacial Este-Oeste.

Por otra parte, el eje Norte-Sur consiste de una línea imaginaria que une a Polaris, la estrella polar presente en el cielo boreal, con la Cruz del Sur cuando esta se observa en posición vertical o cruza superiormente el meridiano de las islas Carolinas.

Adicionalmente a las direcciones cardinales, el sistema cuenta con otras direcciones espacialmente importantes determinadas por puntos del horizonte correspondientes a los sitios de salida y puesta de diferentes estrellas brillantes y culturalmente relevantes.

La precisión de la brújula estelar de las Carolinas era tal que justificaba el aforismo de Tonga, “la brújula puede fallar, las estrellas nunca”. La eficacia de la astronomía náutica caroliniana fue demostrada en 1969 por los viajes de regreso de Hipour, un experto nativo micronecio, a la isla Saipan, cuando tocó tierra con precisión después de cruzar 720 km de mar abierto, navegando únicamente a ojo de acuerdo con las direcciones de navegación de la brújula estelar, oralmente transmitida durante unas tres generaciones desde la última vez que cotidianamente fue utilizada.

Este original sistema de orientación no le debe nada a los esquemas de navegación europeos. Sus referencias direccionales son los 32 a 36 puntos en el horizonte donde determinadas estrellas brillantes se elevan o se ponen, independientemente de la época del año y momento de la noche en que sean visibles o no. En el diagrama inferior, se puede ver fácilmente, que los puntos sobre el horizonte no son equidistantes, sino que están apiñados en el plano Este-Oeste y se extienden hacia el norte y el sur. Esta característica, convierte a esta brújula sideral en algo difícilmente compatible con sistemas de navegación europeos, pues no se podría idear ningún factor de corrección práctico para convertir los puntos siderales marcados en el horizonte, en direcciones cardinales que comúnmente utilizamos.

Esquema de direcciones estelares sobre el horizonte utilizado como brújula por los navegantes de las Islas Carolinas. Crédito: Lewis D. (1974, p. 142).

Predicción meteorológica y observación estelar

Sabemos que dentro de las prácticas de navegación resulta fundamental conocer el estado del tiempo meteorológico, y su pronóstico; y, sobre todo, para internarse en un viaje por el mar, es preciso muchas veces conocer las corrientes marinas ligadas a las rutas de navegación.

En ese sentido, los navegantes polinesios estaban atentos a una serie de “señas” o signos interpretables del ambiente que permitan a los humanos captar los cambios en el cielo de los que dependían para la vida, como tormentas u otros fenómenos. Entre estos importantes cambios en el cielo se encuentran aquellos que la tradición polinésica ligaba ciertos rasgos que occidentalmente entenderíamos como astronómicos, con otros de tipo meteorológico según nuestra cultura.

Aunque desde el conocimiento científico podríamos adelantar que, ciertas correlaciones observadas entre las estrellas y el clima son necesariamente estacionales; las predicciones tradicionales de los cambios del tiempo en el día a día culturalmente tan significativas en Oceanía, responden a las formas de relacionar fenómenos celestes con fenómenos terrestres de acuerdo al sistema cosmológico polinesio.

Sobre este aspecto, la historiografía cita varios ejemplos. En sus registros de las expediciones por esta región del Pacifico, los capitanes Cook y Andia en algunos momentos se refieren a “la adivinación del clima estelar” en Tahití, donde un signo meteorológico era la “flexión” de la Vía Láctea por el viento. 

Las tres estrellas brillantes Canopus, Sirius y Procyon (que, en Polinesia, juntas se denominan Maan) son tradicionalmente señaladas como “controladores de la dirección del viento y el clima” en el atolón micronesio de Ninigo. De hecho, hasta la década de 1970, muchas personas en aquella zona confiaban en este sistema de predicción que era considerado durante numerosos viajes en canoa a vela entre islas separadas por hasta 96 km de longitud.

Así también, la predicción meteorológica estelar es una característica esencial en los repertorios de los navegantes de las islas Carolinas tradicionalmente entrenados. Lo mismo entre aquellos nativos de las islas Gilberts, quienes estaban familiarizados sobre el control sideral de las corrientes marítimas y el clima. 

Pero este sistema tradicional de “señas” meteorológicas no se trata de un conjunto homogéneo de conocimiento celeste, sino más bien que, dado que se trata de un saber transmitido de forma oral, presenta ciertas diferencias regionales que muchas veces pueden llegar a parecer contradictorias. Algunos etnógrafos e investigadores coloniales han hecho interesantes observaciones sobre este asunto. En este sentido, autores han señalado cómo los pronósticos de dos escuelas tradicionales de navegación a las que se habían acercado en Polinesia, se contradecían más a menudo de lo que coincidían, siendo en algunos casos “las estrellas del buen tiempo” de una escuela las que predecían el “mal tiempo” en otra. Estos rasgos del sistema de señas tradicionalmente considerado en Polinesia, sin duda nos habla de las condiciones locales de producción de este conocimiento celeste, desarrollado de manera bastante independiente en rincones de Oceanía tan alejados entre sí como Tahití, Ninigo y las Carolinas.

 

Fuentes

Edwards, Edmundo y Edwards, Alexandra (2013) When the Universe Was an Island. Exploring the Cultural and Spiritual Cosmos of Ancient Rapa Nui. Santiago de Chile: Hanga Roa Press. Universidad de Chile.

Lewis, David H. (1972). We, the Navigators. Australian National University Press: Canberra.

 

Lewis, David H. (1974). Voyaging Stars: Aspects of Polynesian and Micronesian Astronomy. Philosophical Transactions of the Royal Society of London. Series A, Mathematical and Physical Sciences, Vol. 276, No. 1257, The Place of Astronomy in the Ancient World, pp. 133-148

 

Pimenta, Fernando (2015) “Astronomy and Navigation”, en: Ruggles, Clive (Ed.) Handbook of Archaeoastronomy and Ethnoastronomy, Springer: New York.

 

https://www.britannica.com/biography/James-Cook