Si se le pregunta a algún historiador de la antigüedad europea cuál fue el peor año para estar vivo, seguro la respuesta será: “¡536!”. No 2020, en el contexto de la pandemia de coronavirus; ni en 1349, cuando la Peste Negra acabó con la mitad de Europa. Tampoco 1918, cuando la gripe española mató a entre 50 y 100 millones de personas, en su mayoría adultos jóvenes. Es que, según la historiografía y los últimos estudios encarados desde las ciencias naturales, el año 536 fue el comienzo de uno de los peores períodos para estar vivo, si no el peor año para los antiguos europeos. Marcó el comienzo de la Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía, caracterizada por particulares fenómenos ambientales y atravesada por una crisis socio-económica en una vasta región boreal.

Durante la última década, el fenómeno finalmente se ha hecho más popular, especialmente a raíz de publicaciones dedicadas al tema; pero, desde hace mucho más tiempo, el año 536 es considerado por historiadores de la antigüedad como un hito, un momento decisivo entre el mundo antiguo y el moderno.

Profesionales de muchas disciplinas académicas, ahora están tratando de rastrear la catástrofe a través de sus propios insumos de conocimiento, desde China hasta las Islas Británicas, y desde Arabia hasta América del Norte y Central. Los rastros potenciales incluyen declive económico, movimientos de población, disturbios políticos y cambio dinástico. Pero este abordaje es problemático, especialmente en culturas con poca historia escrita. En los casos en los que el material arqueológico se puede fechar con una precisión de sólo uno o dos siglos, como entre las poblaciones de la Edad de Piedra de América del Norte, existe un claro peligro de fechar apresuradamente todos los cambios culturales y económicos acontecidos precisamente a mediados del siglo VI. Asimismo, los académicos que estudian períodos históricos aún mejor documentados también son propensos a los mismos errores.

Las ciencias naturales actualmente producen cantidades cada vez mayores de datos paleoclimáticos para reconstruir la variación climática en el pasado. Uno de los más conocidos de estos cambios climáticos en tiempos históricos es la llamada Pequeña Edad de Hielo alrededor del siglo XVII. Las razones de los períodos más cálidos y fríos no están claras. A pesar de varias teorías, incluida la variación cíclica de la actividad solar, toda la historia climática antes del último milenio sigue siendo una cuestión discutible.

El contexto sociocultural de la región en aquellos años

Antes de meternos de lleno en el asunto, primero acerquémonos al contexto social y cultural de la época en Europa y Asia. Estamos hablando del tramo final de un período conocido académicamente como la Antigüedad Tardía (284-632 d.C., el período entre el emperador romano Diocleciano y el profeta Mahoma), en el que el mundo mediterráneo cambió drásticamente. Aquella región vio el triunfo del cristianismo sobre el paganismo, la fragmentación del Imperio Romano, el surgimiento de nuevas organizaciones políticas y del islam. Además, muchas de las ideas e instituciones importantes para la Edad Media surgieron en este período.

El antiguo esquema sociocultural que caracterizó a este vasto territorio estaba al borde de atravesar una dinámica transformación. El siglo VI comenzó con gran parte de la “romanidad” (o en latín Romanitas) sobreviviendo más o menos intacta en la cuenca del Mediterráneo y en muchos lugares entorno a ella. El emperador romano con base en Constantinopla siguió siendo el monarca más poderoso al oeste del Río Éufrates (que atraviesa las actuales Turquía, Siria e Iraq), por lo que ésta ciudad constituía una verdadera capital imperial. El emperador Justiniano pudo, de hecho, reconquistar lo que ahora es Italia, el norte de África e incluso parte de la costa española a mediados del siglo VI. Fue igualmente enérgico en la búsqueda de la conformidad religiosa y obtuvo una victoria teológica en el Concilio Ecuménico de Constantinopla de 553-554.

Sin embargo, tales políticas no llevaron a un renacimiento del poder romano oriental o bizantino como había existido en el siglo IV y antes. La red urbana que se había construido en la antigüedad, frágil a principios de siglo, se vio aún más perturbada por los denodados esfuerzos de reconquista de Justiniano. El Concilio de 553 de algún modo no solucionó las rivalidades preexistentes y convirtió a la corte en nuevos enemigos de los cristianos de Egipto, Siria, el imperio persa y el occidente latino. La base económica de la vida mediterránea también fue carcomida por las enfermedades: a partir de la década de 540, las epidemias recurrentes de peste bubónica redujeron la población a su nivel más bajo en muchos siglos. Estas, como veremos, estarían posiblemente muy vinculadas al fenómeno que abordaremos en esta nota. 

Esto contribuyó al debilitamiento de la dominación urbana del territorio rural, lo que provocó que el gobierno imperial perdiera el control de sus fronteras y la vigilancia de la inmigración de los considerados “bárbaros”. A diferencia de períodos anteriores, estos nuevos inmigrantes no encontrarían una sociedad inequívocamente más fuerte o más atractiva que la suya. De hecho, en el año 600 d.C., lo que quedaba de la antigua cultura mediterránea cambió casi irreconociblemente. 

Durante el siguiente medio siglo, la estructura formal e informal de predominio imperial bizantino cayó bajo los golpes de las guerras civiles y extranjeras. A finales de siglo, Constantinopla había perdido Egipto y Siria en manos del califato árabe musulmán, y los Balcanes en manos de colonos eslavos y búlgaros. Había perdido toda influencia sobre los cristianos del Medio Oriente y estaba en malos términos con las iglesias de habla latina de Europa. El orden económico de la antigüedad había sido barrido para ser reemplazado en el este por una red urbana renovada dirigida desde Damasco, y en el oeste por regímenes políticos débiles basados ​​casi enteramente en recursos rurales.

¿Qué dicen las evidencias históricas y arqueológicas sobre el fenómeno en cuestión?

La evidencia escrita de la región mediterránea sigue siendo la prueba más clara de que algo extraordinario sucedió precisamente en los años 536-37. Según los registros históricos, una niebla “seca” sumergió a Europa, Oriente Medio y partes de Asia en la oscuridad, día y noche, durante 18 meses. “Porque el sol emitió su luz sin brillo, como la luna, durante todo el año”, escribió el historiador bizantino Procopio. Ese verano cayó nieve en China; las cosechas fracasaron y por lo tanto hubo una importante hambruna. En este contexto, las crónicas irlandesas registran “una falta de pan entre los años 536 y 539”. Luego, en 541, la peste bubónica azotó el puerto romano de Pelusium, en Egipto. Además, lo que llegó a ser llamada la Plaga de Justiniano se extendió rápidamente, acabando con entre un tercio y la mitad de la población del Imperio Romano oriental y acelerando su colapso. 

Este velo de polvo o niebla “seca”, ha sido reconocido como el peor desastre climático de todos los tiempos de los que se tenga registro. Por ejemplo, Miguel el Sirio, un obispo y Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Siria que escribió en el siglo XII (probablemente citando fielmente a Juan de Efeso, un historiador eclesiástico del siglo VI), describe el evento de la siguiente manera:

En el año 848 [536/37 dC] había una señal en el sol como nunca antes se había visto y reportado en el mundo. Si no lo hubiéramos encontrado registrado en la mayoría de los escritos probados y creíbles y confirmado por personas confiables, no lo hubiéramos registrado; porque es difícil de concebir. o se dice que el sol se oscureció y su oscuridad duró un año y medio, es decir, dieciocho meses. Todos los días brillaba durante unas cuatro horas, y aun así esta luz era solo una débil sombra. Todos declararon que el sol nunca recuperaría su luz original. Los frutos no maduraron y el vino sabía a uvas agrias.

Las fuentes mediterráneas no están completamente de acuerdo con la duración de esta “oscuridad”. Los informes van desde menos de un año hasta dieciocho meses. Es posible que la niebla no apareciera al mismo tiempo en todas las regiones mencionadas, dependiendo la diferencia más de la latitud que de la longitud. Pero es igualmente posible que cuando la niebla comenzó a aclararse gradualmente, los observadores determinaron el punto final de manera diferente dependiendo de la observación local. Cassiodorus y el Liber Pontificalis parecen dar fe de los continuos problemas con la cosecha del 537, lo que no es de extrañar si la niebla persistió hasta el verano. Los efectos inmediatos del evento no se informan posteriormente. Procopio (quizás preocupado por narrar el proceso del sitio de Roma) no menciona las malas cosechas de 536/37. Comenta que fuera de la ciudad sitiada por los ostrogodos, estos también pasaban hambre, pero parece atribuirlo al poder del desarrollo en infraestructura romana, más precisamente a una esclusa naval bizantina exitosa que habría complicado a los godos. En contraste, el historiador describe extensamente una terrible hambruna en Italia en 539. Sin embargo, afirma explícitamente que los campos habían quedado sin cultivar debido a la guerra. Un poco más tarde vuelve al tema de la escasez de alimentos entre los godos, insinuando de nuevo que la falta de suministros era un problema logístico. No da una pista de que las condiciones climáticas podrían ser las causantes de las continuas malas cosechas.

Aunque estas fuentes afirman claramente que se vio una niebla misteriosa en un área que se extendía desde al menos lo que ahora es Italia hasta Asia Menor y causó malas cosechas allí durante uno o dos años, todos parecen tratarlo como un mal presagio temporal, no como el comienzo de un largo período de condiciones climáticas desfavorables. Esto quizás esté ligado a lecturas de fenómenos ambientales realizadas desde cosmovisiones distintas a las nuestras. Por supuesto, también es posible que los escritores no hayan notado una ligera caída en las temperaturas promedio, y tal vez no se hayan preocupado por registrar un cambio en los vientos predominantes o las precipitaciones. Sin embargo, si las consecuencias directas de tales factores subyacentes para la agricultura hubieran sido lo suficientemente graves como para socavar el bienestar económico de un imperio, probablemente esperaríamos que los escritores contemporáneos les dedicaran más atención.

Entre otras fuentes, las inscripciones podrían considerarse potencialmente relevantes para acceder a la historia del siglo VI. Sin embargo, las inscripciones de tumbas, incluso cuando están fechadas, son de poca utilidad para un estudio de esta “nube oscura”. No existe un relevamiento de todas las inscripciones de mediados del siglo VI del área mediterránea, pero por lo que sí se ha podido acceder, tanto los epitafios latinos como los griegos de este período tienden a seguir formas tradicionales. Las estadísticas sobre causas de mortalidad son notoriamente poco fiables, porque la práctica de colocar epitafios es sensible a muchos factores posibles.

Más especialmente, en el momento de la “niebla”, la región de Italia se encontraba en medio de una guerra sangrienta, que debió afectar tanto a la mortalidad como al hábito epigráfico. En Palestina parece haber un mayor número de lápidas fechadas entre 541 y 544 que en los períodos inmediatamente anteriores y siguientes. Aunque su número absoluto no es muy elevado, las tumbas palestinas se han relacionado con plagas.

La investigación arqueológica se enfrenta a la misma dificultad que la epigráfica, cuyos resultados a menudo utiliza para fechar restos de material. Los patrones de asentamiento y la actividad normal de la construcción se vieron ciertamente afectados por la guerra en lo que es actualmente Italia, en los Balcanes y en África. En el Cercano Oriente, generalmente se cree que las ciudades y el campo estaban experimentando un largo auge que continuó hasta al menos mediados del siglo VI y hasta mucho más tarde en algunas otras áreas. Un aparente auge similar es evidente en Asia Menor, donde la ciudad caria de Afrodisias abunda en inscripciones públicas y privadas entre mediados del siglo V y principios del siglo IX. Debido a la falta de inscripciones y excavaciones arqueológicas adecuadas, la cronología romana tardía de la mayoría de los otros sitios en Asia Menor es incierta. El declive del hábito epigráfico grecorromano no significa automáticamente que hubo un declive de la vida cívica en general. Hay signos de prosperidad continua en el siglo VI, pero también algunos signos de una economía y una población en contracción.

Dado que no se pueden fechar con precisión, el desarrollo económico de la región después de mediados del siglo VI sigue siendo algo oscuro. Pasara lo que haya pasado en la segunda mitad del siglo VI, Asia Menor sufrió muchos daños durante las invasiones persas de principios del siglo VII.

Por otra parte, en Siria, el período próspero en la región se vio interrumpido en Antioquía por dos terremotos severos en el decenio de 520 y por el saqueo persa en el 540. En los alrededores, parece haberse iniciado un período de estancamiento económico a mediados del siglo VI. Se ha atribuido a la peste o a los estragos de los persas, que probablemente afectaron a la economía del pueblo, incluso si el campo no fue devastado en la misma medida que las principales ciudades. Significativamente, más al sur, en las regiones de Epifania de Cilicia, Bostra y en Palestina, hay menos o ningún rastro de declive durante el siglo VI. Si es cierto que los asentamientos rurales en el macizo de piedra caliza siria retuvieron su gran población, pero en condiciones económicas en declive hasta bien entrado el período islámico temprano, eso podría indicar explicaciones distintas a la plaga. Sin embargo, hasta ahora esta interpretación se deriva principalmente de una sola aldea excavada (Dehes).

La evidencia arqueológica y epigráfica no nos ayuda a evaluar las consecuencias de posibles malas cosechas alrededor del año 536. El trabajo arqueológico reciente enfatiza la necesidad de un enfoque regional: los desarrollos económicos y demográficos pueden diferir en las regiones vecinas. Se carece de una síntesis actualizada para muchas áreas. Las devastaciones persas en el norte de Siria, combinadas con sismos recurrentes, podrían explicar cualquier declive económico en esa región. Sin embargo, no hay forma de descartar una recesión climática contemporánea.

¿Y qué nos dicen las evidencias físicas?

Como vimos, desde la historiografía se sabe desde hace mucho tiempo que la mitad del siglo VI fue una hora oscura en lo que solía llamarse la Edad Media, pero la fuente de las misteriosas “nubes oscuras” ha sido durante mucho tiempo un enigma. Hace tres años, un análisis ultrapreciso del hielo de un glaciar suizo realizado por un equipo del Instituto de Cambio Climático de la Universidad de Maine (UM) en Orono, ha señalado quizás la causa del histórico fenómeno. En un encuentro en Harvard, el equipo informó que una erupción volcánica cataclísmica en Islandia esparció cenizas a través del hemisferio norte a principios de 536. Así también, el equipo confirmó que luego siguieron otras dos erupciones masivas, en 540 y 554 Estos repetidos golpes ambientales, seguidos de pestes, hundieron a Europa en un estancamiento económico que duró hasta el año 640, cuando otra señal en el hielo permitió concluir que en esa época se produjo un aumento de plomo en el aire, lo que estaría marcando un resurgimiento de la minería de la plata. En este sentido, es interesante preguntarse ¿por qué el plomo es señal de actividad minera ligada a la plata? Para dar respuesta a esta pregunta debemos detenernos un momento para hablar del proceso de copelación. 

La copelación es un proceso de refinación implementado en metalurgia donde los minerales o metales aleados se tratan a temperaturas muy altas y operaciones controladas, para separar los metales nobles, como el oro y la plata, de los metales base, como el plomo, cobre, zinc, arsénico, antimonio o bismuto, presente en aquellos minerales aleados. El proceso se basa en el principio de que los metales como la plata no se oxidan ni reaccionan químicamente ante los citados procesos, a diferencia de los metales base; por lo que cuando se calientan a altas temperaturas, los metales nobles se mantienen separados y los demás reaccionan formando escorias u otros compuestos volátiles que pasan a la atmósfera.

Desde la Edad del Bronce Antiguo, el proceso se utilizó para obtener plata a partir de minerales de plomo fundidos. En la Edad Media y el Renacimiento, la copelación era uno de los procesos más comunes para refinar metales como plata y oro.

Para algunos historiadores medievales, el estudio detallado de desastres naturales y contaminación humana encontrada en el hielo, brinda un nuevo tipo de registro para comprender la concatenación de causas humanas y naturales que condujo a la caída del Imperio Romano y a los primeros indicios de esta nueva economía medieval.

Desde que los estudios de anillos de árboles en la década de 1990 sugirieron que los veranos alrededor del año 540 eran inusualmente fríos, los investigadores han buscado la causa. Hace tres años, los núcleos de hielo polar de Groenlandia y la Antártida dieron una pista. Cuando un volcán entra en erupción, arroja azufre, bismuto y otras sustancias minerales bajo la forma de partículas muy pequeñas, a lo alto de la atmósfera, donde forman un velo de aerosol que refleja la luz del sol de regreso al espacio, enfriando el planeta. Al hacer coincidir el registro de hielo de estos rastros químicos con los registros del clima de los anillos de los árboles, un equipo de la Universidad de Berna, descubrió que casi todos los veranos inusualmente fríos de los últimos 2500 años fueron precedidos por una erupción volcánica. Una erupción masiva, tal vez en América del Norte, sugirió el equipo, se destacó a finales de 535 o principios de 536; otro siguió en 540. Además, el equipo concluyó que el doble golpe ambiental explicaba la oscuridad y el frío prolongados.

Volviendo a los mencionados aportes del Instituto de Cambio Climático de la Universidad de Maine, el equipo de glaciólogos decidió buscar las mismas erupciones en lo que se llama un “núcleo de hielo”, que es una muestra de hielo cilíndrica, extraída desde una perforación a lo largo de la profundidad del glaciar, tomada en 2013 en el glaciar Colle Gnifetti en los Alpes suizos. El “núcleo” de 72 metros de largo sepulta más de 2000 años de restos de actividad volcánica, tormentas de polvo saharianas y actividades humanas que se han registrado en el centro de Europa. El equipo analizó esta muestra utilizando un nuevo método de ultra alta resolución, en el que con un haz de láser se pueden cortar pedazos de hielo de tan solo 120 micrones de espesor (una décima de milímetro) a lo largo del núcleo, que representan sólo unos pocos días o semanas de nevadas. Cada una de las muestras, unas 50.000 por cada metro lineal del núcleo, se analizó en procura de detectar la presencia de una docena de elementos muy significativos. El enfoque permitió al grupo de investigación identificar la ocurrencia de tormentas, erupciones volcánicas y contaminación por plomo durante lapsos de tiempo de hasta un mes o incluso menos, desde hace 2000 años.

Así, un registro de testigos de hielo de alta resolución combinado con textos históricos, narra el impacto de los desastres naturales en el contexto europeo.

En el hielo de la primavera de 536, se encontró dos partículas microscópicas de vidrio volcánico. Al bombardear los fragmentos con rayos X para determinar su huella química, descubrieron que coincidían estrechamente con las partículas de vidrio encontradas anteriormente en lagos y turberas en Europa y en un núcleo de hielo de Groenlandia. A su vez, esas partículas se parecían a rocas volcánicas de Islandia. Las similitudes químicas han convencido a los geocientíficos  lo suficiente como para afirmar que las partículas en el núcleo de hielo suizo probablemente provenían del mismo volcán islandés. Pero hay tensiones en torno a este aporte, ya que otros científicos sostienen que se necesitan más pruebas para confirmar que la erupción ocurrió en Islandia y no en América del Norte.

De cualquier manera, los vientos y las corrientes atmosféricas en 536 deben haber sido los adecuados para guiar la columna y pluma de la erupción, ya sea en Islandia o en América del Norte, hacia el sureste a través de Europa y, más tarde, hacia Asia, proyectando una capa helada cuando la niebla volcánica menguó. El siguiente paso es tratar de encontrar más partículas de este volcán en los lagos de Europa e Islandia, para confirmar, o rechazar, su ubicación en Islandia y descubrir por qué fue tan devastador.

Las dataciones o proyecciones cronológicas realizadas desde la glaciología, también pueden darnos una idea de hasta qué año se extendió la Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía, iniciada en 536. Es así que, un siglo más tarde, después de varias erupciones, las muestras de hielo dan noticias de mejores condiciones de actividad económica en la región europea: la presencia de plomo atrapado en el hielo, observado para el año 640. Como hemos mencionado previamente, la plata se encontraba asociada a minerales de plomo y su proceso de obtención emitía cantidades importantes de plomo al aire, por ello es que la presencia de plomo en los hielos es una señal de que el metal precioso estaba en demanda y en una economía que se recuperaba del golpe iniciado un siglo antes, evidenciando una emergente economía medieval. En este sentido, historiadores de la antigüedad sugieren que el oro se había vuelto escaso a medida que aumentaba el comercio, lo que obligó a cambiar a la plata como patrón monetario, lo que a la vez muestra el ascenso social por primera vez de una clase mercantil.

Resumiendo…

Puede que nuestra experiencia del año 2020 nos genere la idea del peor año de la historia, marcado por pandemia, crisis económica y ambiental. Pero la historiografía nos trae lo acontecido en 536, relativizando nuestra experiencia de vida y recordándonos las complejas relaciones que los humanos mantenemos con el ambiente, o en particular, con los fenómenos atmosféricos.

Asimismo, el abordaje científico contemporáneo de los sucesos acontecidos durante la denominada Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía en Europa, Medio Oriente y Asia; nos muestra cómo las investigaciones interdisciplinarias son una potencial herramienta en el estudio de fenómenos históricos. En este sentido, hemos entrado en una nueva etapa del conocimiento a través de la capacidad de integrar registros ambientales de alta resolución con diversos registros históricos disponibles.

Fuentes

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-Helama, S. et al. (2018). Volcanic dust veils from sixth century tree-ring isotopes linked to reduced irradiance, primary production and human health. Scientific Reports 8:1339, pp. 1-12.

-Izquierdo de Montes, Rocío. (1997). Sobre la copelación de la plata en el mundo tartésico. SPAL. 6: 87-101.

-Loveluck, C.P. et al. (2018). Alpine ice-core evidence for the transformation of the European monetary system, AD 640–670. Antiquity 92/366, pp. 1571–1585.

-Stothers, R.B. (1984). Mystery cloud of AD 536. Nature vol. 307, pp 344-345.

https://sohp.fas.harvard.edu/historical-ice-core-heart-europe

https://aeon.co/essays/when-time-became-regular-and-universal-it-changed-history

https://uts.nipissingu.ca/muhlberger/ORB/OVINDEX.HTM